Virgen de Guadalupe submarina: fe sumergida en Acapulco
Bajo las aguas tranquilas de la bahía, frente a la Isla de la Roqueta, se esconde una de las historias más profundas de fe en Acapulco. Se trata de la Virgen de Guadalupe submarina, una escultura colocada en el fondo del mar a mediados del siglo XX como símbolo de protección para quienes viven y trabajan del océano.
Un descenso que marcó historia
En 1955, el buzo y atleta acapulqueño Apolonio Castillo llevó personalmente la imagen hasta un punto cercano a la Isla de la Roqueta, a pocos metros de profundidad. Desde entonces, la escultura permanece firme sobre las rocas sumergidas en la zona conocida como La Yerbabuena.
La obra, que mide 2 metros con 45 centímetros, salió de las manos del escultor chihuahuense Armando Quezada Medrano, quien dio forma a una imagen pensada para resistir el paso del tiempo y las corrientes marinas.
El milagro que dio origen a la devoción
Sin embargo, esta historia comenzó antes. Años atrás, Amelia Sodi de Pallares, originaria de la Ciudad de México, practicaba buceo cerca de la Piedra de la Yerbabuena cuando sufrió una falla en su tanque de oxígeno. Desorientada y al borde del desmayo, invocó a la Virgen de Guadalupe en un momento de absoluta desesperación.
Entonces ocurrió lo inesperado. Al salir a la superficie, una embarcación pasó por el lugar con una imagen de la Guadalupana en la proa. La tripulación la auxilió de inmediato y la trasladó a tierra firme, salvándole la vida.
De la promesa personal al acto colectivo
Ya recuperada, Amelia Sodi compartió su experiencia en la Ciudad de México y, a partir de ese relato, propuso colocar una escultura de la Virgen en el fondo del mar. Su intención era clara: proteger a los hombres y mujeres que desafían diariamente las aguas de Acapulco.
El cronista Tomás Oteiza dejó constancia del suceso en su obra Acapulco, Ciudad de las Naos de Oriente y de las Sirenas Modernas, donde describe la emoción que generó la llegada de la imagen al puerto.
Una procesión que unió al país
La imagen recorrió la carretera desde la Villa de Guadalupe hasta Acapulco. En cada pueblo, la gente salió a recibirla y acompañarla hasta el siguiente punto. Finalmente, miles de personas la esperaron en el puerto y la llevaron a la Iglesia de la Soledad para su veneración.
El 12 de diciembre, una multitud la escoltó por mar. Cientos de embarcaciones formaron un espectáculo náutico inolvidable. Tras una misa celebrada a bordo del Ave de Tahití, buzos especializados descendieron la imagen y la colocaron con precisión en el fondo del mar, declarándola Reina de los Mares.
Hoy, la Virgen de Guadalupe submarina sigue ahí, silenciosa y firme, observando desde las profundidades. No solo es un punto de buceo: es memoria viva, fe sumergida y un recordatorio de que Acapulco también guarda su historia bajo el mar.



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